Esto no es serio

La gente me pregunta a menudo: “¿cuál es el mejor público?”. Es algo sobre lo que he pensado mucho y, para mi, el mejor público es el que permanece en silencio el mayor tiempo posible al final de obras que tratan la muerte, como la 9ª de Mahler o el Requiem de Verdi. Si hay silencios así al final, no se puede aplaudir. Cuanto más dura el silencio, más se siente la presencia de la sala. Todo el público contiene la respiración y eso se siente. Reina otra acústica, otro ambiente.
Claudio Abbado.
Hearing the Silence (Documental).
Situación: Auditorio Kursaal de San Sebastián. La Göteborgs Symfoniker con la megaestrella roja venezolana Gustavo Dudamel al frente. Tras una 2ª Sinfonía de Beethoven “divertida” y una GRAN Heldenleben (Vida de héroe) de Richard Strauss, Dudamel intenta convencernos de que es, en verdad, sucesor de Claudio Abbado, forzando un “silencio después de la música” manteniendo la mano derecha, con la batuta, en alto.
Problema 1: el público del Kursaal NO mantiene el silencio. Sería pretencioso el mero hecho de que lo mantuvieran DURANTE el concierto. Resuena aún la última nota de la última pieza musical cuando las atareadas (!) viudas donostiarras se apresuran a abandonar el auditorio, como si tuvieran algo urgente e inaplazable que hacer como cenar o ver la televisión.
He estado en algunos conciertos donde, se lo digo con la mayor sinceridad del mundo, he experimentado lo que Bruno Ganz describe…
De repente, parece como si fuéramos un unísono. Por un momento todo se paraliza. Porque lo que se ha tratado, la forma cómo se ha tratado, el público que vibra, todo se compenetra. En un instante mágico en el que también se siente que no hay vacío o que no hay remolino. Se ha llegado al momento culminante en el que todos participan, es como entrar en una dimensión diferente, el tiempo se hace tangible. Pero sin forzar, no hay que estar a la espera y sentirse obligado por lo que pasa arriba, porque es preferible el momento en el que todos participan realmente. Es un gran momento. Al final de una obra de música, eso pasa a menudo. Es como un péndulo al pararse, porque el efecto de todo el sonido que ha llenado la sala durante horas declina… y se apaga. Por un momento surge algo. No hay que preguntarse qué es, sencillamente es. No sé lo que es.
Bruno Ganz
Hearing the Silence (Documental).
Pero para alcanzar el éxtasis con ese silencio casi palpable la condición indispensable es que se establezca una relación entre los “habitantes de la sala”: el director, los músicos, la música y los espectadores. Una relación sincera y homogénea, no jerárquica, que conforme ese “unísono”. Y por alguna extraña razón (que yo, en mi eterna y pedante cantinela de “odio mi pueblo”, atribuyo al provincianismo) NUNCA he sentido tal conexión en un auditorio como el Kursaal. Matizo: no hablo de que no haya establecido esa relación con la música aquí, sino que no he sentido que esa ACTITUD sea generalizada y llegue el “momento culminante en el que todos participan”.
Y, como he dicho, esa actitud NO PUEDE venir de una forma jerárquica, como pasó ayer, ni siquiera cuando es necesario crear esa situación porque la obra lo exige. Algunos, no es mi caso, defenderán este método como didáctico, como herramienta para enseñar a un auditorio irrespetuoso que “es mejor” mantener un “silencio prudente” al final de una obra que así lo reclama, como parte del hecho musical.
Problema 2: Lo que es insultantemente inapropiado es que eso que Abbado llama “otra acústica, otro ambiente” (aunque sea forzado) se vea inmediata y casi diría que deliberadamente violado por el ‘Tico-tico’ de Abreu, interpretado mientras algunos miembros de la orquesta hacían un strip-tease (que no cunda el pánico: sólo se quitaron el chaqué) y bailaban.
Nunca he entendido las propinas en conciertos que aspiran a un mínimo de seriedad. Soy partidario de usar la coherencia de la razón para confeccionar los programas de cada concierto, y “regalar” unas piezas que por lo general no guardan ninguna relación con el resto de la música no sólo lo veo fuera de lugar, sino que además me estorba sobremanera.
Que tras un Strauss tan bueno que la gente se vaya a su casa con Carmen Miranda en la mente es un despropósito y una falta de seriedad del propio Gustavo Dudamel. Naturalmente, no afectará a su creciente popularidad. Así nos va.
P.D.- En abril vuelve Dudamel a Donostia, con su Orquesta Simon Bolivar de Venezuela. ¿Puedo sugerir que se ponga una cesta de frutas a modo de tocado para bailar cúmbia-merenge-salsa? Al público seguro que le encanta.
Crítica Diario Vasco | Queremos más
Crítica Berria | (Todavía no se ha publicado)
Crítica Gara | (Tampoco, ni se publicará, supongo. Tienen Donostia abandonada)
Crítica Deia | (¿Cómo? Eso no existe)




Kaixo Munduate jauna:
Será que me estoy haciendo ya muy mayor, o que como lo he leído en (durante) mi trabajo (jeje) esta bocanada de aire fresco que supone siempre entrar en su blog me ha dejado un poco sobreestimulado, pero… sin que sirva de precedente: subscribo de pé a pá TODO lo que usted cuenta en este magnifico post.
El silencio es uno de los valores que hemos ido perdiendo en la actual ¿civilización?, donde el “horror vacui” campa a sus anchas. El silencio con algún significado, como apunta Abbado, o el silencio como simple vacío de ruido. Me temo que hemos ido a dar con uno de mis temas preferidos, que equiparo los silencios a los vacíos gráficos (por ejemplo en un cuadro…), o a los vacíos de materia (por ejemplo en una escultura, o en un edificio…). ¡Huy, huy, viva los contrastes! Seguiremos hablando sobre esto… ¿no?
También veo que ha comenzado nada sutilmente a ponernos los dientes largos con Mr Abbado. Espero que pueda darnos pronto los detalles, que este año mi agenda también promete estar bastante cargadita. Yo estaría encantado de que estos detalles me los pudiera dar “en directo”, ya que necesito su sesuda opinión respecto algunas “cosillas que me traigo entre manos” (¿Suena raro esto? ¿No verdad?). Pues hala, informeme.
Laister arte!
Pedro
PD Se me olvidaba… Las críticas musicales de El Diario Vasco hace tiempo que no me las creo. Pero vaya, ¡sin comentarios! No se si alguna vez lo ha hecho, pero es un tema que merecería un comentario más amplio. Aunque dudo que como crítico musical se atreva a “hincarle el diente”, dicha queda la sugerencia…
Pedro
Lo del Kursaal se pasa de madre…me temo que desde siempre. Parecemos no saber qué es y qué representa el silencio…y por ello somos incapaces de 1) crearlo y 2) mantenerlo. Lo cual demuestro la calidad de público. Y no lo digo con recochineo. Simplemente nuestros detalles dejan entrever lo que realmente somos.
Pero siendo cierto lo del otro día, tengo que decir que la Quincena de este año acabó con mi paciencia, porque la actitud del público al terminar los conciertos es una mala educación de dimensiones colosales. Y no se trata ser tiquismiquis, sino de “flipar” con que según termina algo la gente sale despavorida, huye, corre…hacia la salida. Peeeeeeeeeeeeeero, si de repente hay una propina la gente se queda en los pasillos y los chavales acomodadores les ruegan que se retiren (pues ya se han levantado), la gente les trata con desprecio (”Apártate de aquí, mocoso”). En ese preciso momento es cuando, con perdón, me saldría un alto y sonoro “HIJO(A)DEPUTAAAAA” y lanzarle un paraguas (o lo que tuviese a mano).
Ah, y dormiría muy muy tranquilo.
Saludos cordiales.
Conde de la Maza Jauna
El Hendeleben fue increíble, más por una fantástica orquesta que por un joven y enérgico, pero al fin y al cabo, no más que correcto director. El silencio fue final fue, desde mi punto de vista, demasiado largo, con la mitad hubiera sido suficiente. Y considero que durante la primera mitad del silencio la gente mantuvo bastante bien el silencio, algo que sólo se consigue cuando el público no se ha aburrido nada de nada…
Las propinas no siempre están fuera de lugar. De hecho, se puede usar la coherencia de la razón para confeccionar los programas de cada concierto, y omitir la última obra en el programa y hacer disfrutar de ese pequeño factor sorpresa que no tiene porque estorbar sobremanera en la concepción del concierto. Además me encanta que me hagan regalos. Eso sí, un Tico Tico con striptease de barrigones no cumple las condiciones. Si la gente se fue alegre y contenta mejor para todos, ¡más energía positiva en el ambiente! Yo desde luego no me lleve a Carmen Miranda a casa, me llevé a Strauss…
En lo que sí coincido es en que lo de la gente que huye despavorida nada más empezar los aplausos es realmente patético. Cuando ves que las viejas (no sé porqué, pero me parece que suelen ser sobre todo mujeres mayores las que lo hacen) hacen levantar a todos los de su fila y salen corriendo para dejar el auditorio, el beneficio de la duda te hace pensar que lo hacen porque debido al transporte público que tenemos (bastante malo) corren hacia su última opción para llegar a casa. Pero cuando al comenzar una propina se quedan en el pasillo y se confirma que su prisa no es más que una educación pésima uno recibe una punzada en el estómago. Si encima increpan al acomodador que les solicita que abandonen la zona…