la tos de una señora alemana
Es bien sabido por mis amigos que no tengo especial apego por la literatura. Hace años que no termino una novela y últimamente me limito a leer noticias o pequeños ensayos de algún tema que me interesa.
No es que sufra una animadversión concreta por la lectura, pero es bien cierto que pienso que el medio escrito es una de las formas humanas de comunicación menos eficientes y que ha sido claramente superado por el universo multimedia omnipresente y omnipotente. Dicho de otra manera: sigo la doctrina de “una imagen vale más que mil palabras”.
Hace un tiempo, sin embargo, descubrí un autor que me devolvió el gozo de la lectura. O quizás debería referirme al placer de que alguien me cuente algo interesante, ya que le descubrí más por las grabaciones sonoras de sus obras, que por las obras en sí.
Me refiero a don Julio Cortázar (1914 - 1984), Argentino nacido en Bruselas (”Mi nacimiento fue producto del turismo y la diplomacia” decía acerca de este hecho) y que pasó gran parte de su vida en París. Escritor y gran pensador, sus obras exudan surrealismo intelectual y el humor más inteligente que un trozo de papel tintado pueda portar.
Ya escribí sobre él en mi anterior (y actualmente inútil) blog, transcribiendo un texto suyo, creo recordar. Hoy le quiero recordar con 2 cosas. La primera es una edición del programa de televisión “A fondo”, de la Televisión Española, en la que Joaquín Soler Serrano entrevistaba como dios manda a un Cortázar muy cómodo, allá por 1977.
http://video.google.com/videoplay?docid=-3562250863327291954
(Por alguna extraña razón, no se pueden ver videos de Google Video si navegan por mi blog usando Internet Explorer, así que pueden ver el video haciendo click en este link)
Lo segundo que les incluyo en este artículo es un texto de Cortázar en el que se habla de un tema del que habré hablado docenas de veces (con el amigo Conde, sin ir más lejos) y, creyéndome el único que se hacía este tipo de preguntas existenciales, me llevé una gran sorpresa al descubrirlo hace unos meses entre la maleza de mi difunto disco duro externo.
A por él:
Lo Anónimo de un Concierto
Por Julio Cortázar
Clarín 7/06/1979La mentalidad científica quiere que todo tenga explicación, incluso lo maravilloso. Qué le vamos a hacer tal vez sea así; pero entonces, apenas se acepta resignadamente esta supuesta conquista total de la realidad, lo maravilloso vuelve desde pequeñas cosas, lo insólito resbala como una gota de agua a lo largo de una copa de cristal, y quienes merecen el comercio con esas mínimas presencias olvidan la sapiencia y la conciencia y la ciencia para pasarse a otro lado y hacer cosas como por ejemplo escuchar la tos de una señora alemana. En 1947, poco después del fin de la guerra, Wilhelm Furtwängler dirigió un concierto entre las ruinas de una Alemania derrotada, que la mayoría de sus vencedores empezaban a rehabilitar al oeste después de haberla repudiado al este. También Furtwängler había sido repudiado en un principio por su condescendencia frente a la me(ga)lomanía de Adolfo Hitler, tras de lo cual parecía de buen tono rehabilitarlo; así terminan muchas guerras, lo cual explica que un tiempo después vuelvan a desatarse, pero no es de eso que vamos a hablar sino del concierto en el que Yehudi Menuhin, invitado por las fuerzas de ocupación, tocó esa noche el “Concierto en Re” de Beethoven que el ilustre Furtwängler sacaba una vez más de su jaula para mostrar lo que era capaz de hacer con ése imperecedero leopardo de la música. La Rias (sigla de la radio alemana) difundió el concierto y además lo grabó con los medios técnicos disponibles en ese momento, que no eran muchos. La grabación (¿disco, alambre, cinta magnetofónica?) quedó en los archivos hasta que el otro día, más de treinta años después, fue prestada a la radio francesa que la prestó a su vez a mi receptor sintonizado en France?Musique. Un argentino en París escuchó así a una orquesta alemana y a un violinista judío que tocaban bajo la batuta de un muerto; todo eso, que hubiera sido perfectamente incomprensible hace menos de un siglo, formaba y forma parte de lo ordinario, de lo que la ciencia explica a los niños en las escuelas; todo eso era cotidiano, simplemente apretar unos botones e instalarse en un sillón.
Tal vez Menuhin no tocó jamás el concierto de Beethoven como esa noche; le sobraban razones para hacerlo tan prodigiosamente en el mismo lugar donde habían sido exterminados siete millones de judíos y donde acaso algunos de sus exterminadores se sentaban en las plateas del teatro y lo aplaudían frenéticamente. Del concierto en sí, de su Intérprete y de su director, solo puede hablarse con admiración, pero no es de eso que hablamos sino de ese instante, creo que en el segundo movimiento, en que un “pianissimo” de la orquesta dejó pasar una tos, un solo golpe seco y claro de tos que no habría de repetirse, una tos de mujer, la tos de una señora que cualquier cálculo de probabilidades definiría como la tos de una señora alemana.
Durante más de treinta años esa pequeña tos anónima había dormido en los archivos de la radio; ahora reiteraba su diminuto fantasma en millares de oídos que escuchaban un concierto en otro tiempo y otro espacio. Imposible saber quien tosió así esa noche; ninguna ciencia, ningún caballero Dupin podría rastrear su origen. Sin la menor importancia, sin la más pequeña significación, esa tos se repitió multiplicada por infinitos altavoces para recaer instantáneamente en la nada; pero alguien que acaso nació para medir cosas así con más fuerza que las grandes y duraderas cosas, oyó esa tos y algo supo en él que lo maravilloso no habla muerto, que bastaba vivir porosamente abierto a todo lo que habita y alienta entre lo concreto y lo definible para resbalar a otro lado donde de pronto, en la enorme masa catedralicia de un concierto beethoveniano, la breve tos de una señora alemana era un puente y un signo y una llamada. ¿Quién fue esa mujer, dónde se sentó esa noche, está aún viva en alguna parte del mundo? ¿Por qué esa tos hace nacer estas líneas en otro tiempo, bajo otro cielo? ¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que lo maravilloso no es más que uno de los juegos de la ilusión?
Para aquellos que sean demasiado vagos como para leerlo, les incluyo también la versión del texto grabada por el propio Cortazar, como solía hacer con cierta frecuencia para fortuna de los poco amigos de la lectura. Pueden escuchar la grabación, con su particular forma de hablar, a continuación:
No me cabe ninguna duda de que antes que tarde publicaré otro artículo hablando de algún descubrimiento más que he hecho de Cortázar… pero por ahora creo que es suficiente.



Admirado Antonino:
No sé por qué, pero a medida que iba escuchando a cortazar han comenzado a reverberecer en mi cabeza ese tipo de anécdotas con las que yo tiendo a quedarme y regocijarme. Y usted también pertenece a ese género, el género de mirar y escuchar aquello a lo que la mayoría de la no presta atención. Seguramente, con toda razón.
Pero, a lo que iba. Leyendo/escuchando su post me vienen a la cabeza varios de esos ejemplos a los que don Julio Cortazar hace mención. Y, por ejemplo, podemos comenzar el repaso con un fervoroso “¡Bravo!” de un señor mayor (¿?) en el ínterin del aria “Una voce poco fa” que canta Maria Callas. París año 1958. El público, como no podía ser de otra manera, le reprendió.
Link: http://www.youtube.com/watch?v=lTrIFhc4beY
Un caso curioso que descubrí fue el de una señora que tras el final vibrante del “Di quella pira” de “Il Trovatore”, cantado por el gran tenor Pedro Lavirgen, comenzó a soltar unos “Bravo”-s de una estridencia inusitada. Atención a partir del minuto 2:50.
Link: http://www.youtube.com/watch?v=-pHaPFXdn_Q
El tercer y último caso lo pudimos padecer el señor WorldGate y un servidor en un concierto de Juan Diego Flórez que se desarrolló en el Auditorio “Regio” del Kursaal, en donde un señor, con voz bajo-barítonal, soltaba perlas como “pero buuuuenoo, pero buenoooooo…” según sonaban los primeros compases al piano de “La donne è mobile”. O, un “Magníiiiifico” en vez de soltar los tradicionales bravos.
Desafortunadamente, esta última grabación la tiene “poca” gente puesto que es una grabación “alegal”. Eso sí, la claridad de los comentarios del señor y mis bravos con esa voz “rasgada” (Andoni, el mencionado señor y un servidor estábamos en la primera fila) quedaron regitrados para la posteridad.
Es decir, en un futuro yo me acordaré de lo que hice y, más importante, el “pero bueno, pero bueno…” se convertirá en un cliché en las conversaciones que mantengamos el Egregio Blogger y el Conde.
Que así sea.
Gran post Andoni.
Y millones de gracias por esa entrevista. He disfrutado cada minuto!!
Sr. Conde: no conocía el video ese de… cómo es esa muchacha… ¿Maria Callas? No está mal del todo… ¿no?
Lo de la señora de los bravos de LaVirgen no puede ser sano.
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De nada, Miki, es un placer servir al universo. ¿Cada minuto? Pues sí que ha disfrutado… porque me parece que son como dos horas de entrevista. Bueno, sí… venga… se hace corto. Además, a ver quién encuentra a alguien en TVE que haga esas entrevistas hoy en día…
A lo mejor encontramos algún texto de Cortázar para hacer una ópera. Tú pones la música y yo escribo el libretto, como siempre.