El 2 de junio de 2005 leía en el Economist un artículo bastante aclaratorio de la situación de la política gala tras el referendum constitucional europeo en el que el NO venció en Francia.

Liberté, fraternité, estupiditéEl artículo venía a decir que “el Presidente de Francia [Jacques Chirac] ha malgastado diez años, empeñado sobre todo en buscar cabezas de turco”.

Dado que hoy se celebra en nuestro país vecino la primera vuelta de las elecciones presidenciales me ha parecido adecuado incluir el texto íntegro en inglés, así como la traducción al español (hecha por mi mismo, lo digo como aviso a navegantes).

Destraciadamente, tras escuchar la vox populi francesa en la multitud de estudios de opinión que se han hecho las últimas semanas, considero que la política francesa no ha cambiado desde la publicación de este artículo tanto como para calificar su contenido de obsoleto. Interpretenlo como denuncia a la “politique a la française” a la que nos tienen acostumbrados los gabachos.

France after the referendum: It’s Chirac, stupid

Jun 2nd 2005

FRANCE’S PRESIDENT HAS WASTED TEN YEARS, DEVOTED MAINLY TO A SEARCH FOR SPACEGOATS

UNDER France’s fifth republic, prime ministers have come to serve a useful purpose for presidents: when the going gets tough, they get both the blame and the boot. Georges Pompidou got rid of Jacques Chaban-Delmas; François Mitterrand kicked out Pierre Mauroy, Michel Rocard and Edith Cresson. Sure enough, after the crushing French rejection of the European Union constitution in a referendum on May 29th, President Jacques Chirac turfed out Jean-Pierre Raffarin and appointed Dominique de Villepin, one-time foreign minister and unelected former diplomat, promising a “new impetus” from his government (see article). Having heard France’s message, he said in a television broadcast, “I intend to respond.” The trouble is that the selection of an elite technocrat is not a meaningful response to that message. For the ultimate responsibility for the political upset this week belongs not to the hapless Mr Raffarin, but to Mr Chirac himself.

The French had many reasons to reject the constitution, but underlying their defiance was a simple point: times are hard, jobs are scarce, nothing changes, promises go unkept, we are fed up, and you—the political class—refuse to listen. After ten years as president, Mr Chirac has received this message more than once. He received it in 1997, when he called an early parliamentary election and lost, landing himself with a Socialist government. He received it in 2002, when the far-right Jean-Marie Le Pen made it into the presidential run-off. He received it in 2004, when the left swept the board at regional and European elections. Now, he has received it once again.

Leaders can respond to such discontent in two ways. One is to pretend that the French social model is still valid, that no trade-off exists between social protection and economic growth, that France can close the shutters and shelter from global capitalism, that all the blame belongs with outside forces—whether globalisation, America or Brussels. The other is to admit that France cannot isolate itself from the world economy, to explain that new markets are an opportunity for French companies, that job losses in manufacturing can be balanced by job creation in services and that inflexible social protection deters the creation of new jobs.

At almost every turn, Mr Chirac has chosen the first response. His one bold attempt at economic reform, under Alain Juppé in 1995, ended in failure when he backed down after the country was paralysed by strikes. Since then, rather than confronting the populist arguments of the anti-globalisation lobby, Mr Chirac has drifted to the left with public opinion. During the referendum campaign, he was at it again, promising that the constitution would entrench the French social model and protect it from “Anglo-Saxon liberalism”. His choice of Mr de Villepin, the aristocratic product of elite technocratic training and the embodiment of everything the French have just rejected, runs true to form. Mr Chirac was first elected president in 1995, pledging that “jobs will be my preoccupation at all times”. Since then, unemployment has barely moved: from 11.3% then to 10.2% today.

At this time of morosité, it is easy to forget that France has so much going for it. Government policy may stop its top companies from creating many jobs, but they know how to make and sell the world such products as lipstick, rubber tyres, cars, handbags and insurance. There is no reason why the country should not halve its unemployment rate by deregulating the labour market—if the political will existed to take on the unions. Yet Mr de Villepin, who has never held an economic portfolio and recently called for a more socially minded programme, is unlikely to be any bolder than his predecessors.

You have delighted us long enough

The source of France’s troubles is not Europe, nor global capitalism, nor rebellious socialists, nor the far-right, nor the far-left. It is Mr Chirac. His failure to be straight with the French about the need for reform has come back to haunt him. That is why a better response would have been for Mr Chirac to follow the example set by Charles de Gaulle after he lost a referendum in 1969: to accept his responsibility and resign.

Y ahora, mi “artesana” traducción al español:

Francia tras el referendum: Es Chirac, estúpido!

2 de junio de 2005

EL PRESIDENTE FRANCÉS HA DESPERDICIADO DIEZ AÑOS, INVIRTIÉNDOLOS SOBRE TODO EN LA BÚSQUEDA DE CABEZAS DE TURCO.

BAJO la quinta República Francesa, los primeros ministros han servido a una causa muy práctica para presidentes: cuando las cosas se ponen difíciles, son culpados y cesados. George Pompidou se deshizo de Jacques Chaban-Delmas; François Mitterrand dio la patada a Pierre Mauroy, a Michel Rocard y a Edith Cresson. Seguramente, tras la aplastante derrota de la Constitución de la Unión Europea en el referéndum del 29 de mayo, el presidente Jacques Chirac puso de patitas en la calle a Jean-Pierre Raffarin y nombró para ese cargo a Dominique de Villepin, el que fuera ministro de exteriores y diplomático no electo, con la promesa de un “nuevo ímpetu” de su gobierno (ver artículo). Tras haber escuchado el mensaje de Francia, dijo por televisión “Tengo la intención de responder”. El problema es que la elección de una elite tecnócrata no es una respuesta significativa a ese mensaje. La responsabilidad última del desbarajuste político de la semana no es de Mr. Raffarin, sino del mismo Mr. Chirac.

Los franceses tenían muchas razones para rechazar la constitución, pero bajo su desafío subyacía algo muy simple: corren tiempos difíciles, escasea el empleo, nada cambia, las promesas no se cumplen, estamos hartos, y ustedes, la clase política, se rechazan a escucharnos. Tras diez años como presidente, Mr. Chirac ha recibido este mensaje más de una vez. Lo recibió en 1998, cuando llamó a elecciones parlamentarias anticipadas y aterrizó en un gobierno socialista. Lo recibió en 2002 cuando el candidato de extrema derecha Jean-Marie Le Pen se las apañó para meterse en la carrera a la presidencia. Lo recibió en 2004, cuando la izquierda barrió en las elecciones regionales y europeas. Ahora, lo ha recibido una vez más.

Los líderes pueden responder ante tal descontento de dos maneras. Una es pretender que el modelo social francés es todavía válido, que no existe ninguna relación inversa entre la seguridad social y el crecimiento económico, que Francia puede cerrarse a cal y canto al capitalismo global, que toda la culpa es de fuerzas externas -sea la globalización, América o Bruselas. La otra opción es la de admitir que Francia no puede aislarse de la economía mundial, explicar que los nuevos mercados se traducen en oportunidades para las compañías francesas, que la pérdida de empleo manufacturero puede ser compensado con la creación de empleo en el sector terciario y que el rígido sistema de servicios sociales avanza en detrimento de la creación de nuevos puestos de trabajo.

En cada cruce, Mr. Chirac ha elegido la primera respuesta. Su audaz intento de reforma económica, bajo Alain Juppé en 995, terminó en fracaso cuando se echó atrás cuando la nación fue paralizada por huelgas. Desde entonces, en vez de hacer frente a los argumentos populistas del lobby antiglobalización, Mr. Chirac ha derivado a la izquierda junto a la opinión pública. Durante su campaña de Referéndum, lo hizo de nuevo, prometiendo que la Constitución afianzaría el modelo social francés y lo protegería del “liberalismo anglosajón”. Su elección por Mr. de Villepin, el aristocrático fruto del amaestramiento tecnócrata y la personificación de todo aquello que los franceses rechazan, lo corroboran. Mr. Chirac fue elegido Presidente por primera vez en 1995, con la promesa de que “el empleo será mi preocupación constante”. Desde entonces, el desempleo ha permanecido casi inmóvil: del 11,3% de entonces al 10,2% de hoy.

En estos tiempos de morosité es fácil olvidar que Francia tiene mucho en juego. La política gubernamental podría provocar que las principales compañías dejen de crear mucho empleo, pero saben cómo fabricar y vender al mundo productos como barras de labios, neumáticos, coches, bolsos y seguros. No hay razón por la que el país no deba reducir su paro a la mitad desregulando el mercado laboral -si existiesen políticas para enfrentarse a los sindicatos. Empero Mr. Villepin, que nunca ha tenido una cartera económica y recientemente ha hecho llamamiento por un programa eminentemente social, no parece que vaya a ser más osado que sus predecesores.

Nos han encantado ustedes durante mucho tiempo.

El origen de los males franceses no es Europa, ni el capitalismo global, ni los socialistas rebeldes, ni la extrema derecha, ni la extrema izquierda. Es Mr. Chirac. Su incapacidad de ser franco con los franceses sobre la necesidad de reformas ha reaparecido para atormentarle. Por eso mismo hubiera sido mejor para Mr. Chirac seguir el ejemplo de Charles de Gaulle tras perder un referéndum en 1969: aceptar su responsabilidad y dimitir.

Es lo que hay: son gabachos.

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