Decadencia a tiro de piedra

Mi estimado Julián me tacha de tenerlo “sobreidealizado” (sic.), y mi admirado Conde dice que me empeño en llevar a este sitio a todo mortal al que conozco. Ambos, así como el resto de los amigos (vease la foto “cara al sol” para identificar los componentes de mi última expedición al Templo… y rellénese el hueco del banco con la imagen mental que tengan de mi) que me han acompañado allí me dicen sin embargo que si había algún desajuste entre lo que yo prometía y lo que ellos encontraban era sin duda porque yo me quedo corto, no porque él defraude.

Estoy hablando, si no se han dado cuenta, de la pastelería, confitería, salón de té y lugar de peregrinación en general, MIREMONT que sita en la localidad francesa (o del Estado Francés) de Biarritz.
If I ever go looking for my heart’s desire again,
I won’t look any further than my own back yard.”
Dorothy, Wizard of Oz
Sin pretender encontrar “los deseos de mi corazón” en el patio de mi casa (que no es particular, es comunal, así nos va) voy a fingir que es posible encontrar sitios más o menos interesantes por estas tierras, aunque confieso que mi entusiasmo por Miremont es más por las bajas expectativas que por la genialidad intrínseca del establecimiento. Por ello con éste y otros artículos voy a intentar desvelarles las mini-perlas que vaya encontrando (suponiendo que encuentre alguna más) sin tener que coger un avión.
En primer lugar: Miremont no es un restaurante, como algunos erróneamente piensan, sino un “establecimiento matinal y vespertino” (como la cafetería del Corte Inglés) que además de pastelitos, cafés y tes, ofrece a sus clientes la oportunidad de degustar comidas ligeras a modo de dejeuner o almuerzo (que no petit dejeuner, que es desayuno, aunque también).
Nos encontramos, pues, ante una carta “estable” compuesta por generosas ensaladas, quiches, sandwiches y pasteles salados así como carnes y pescados que van cambiando cada temporada. Todos los días adjuntan a la carta un par de apéndices: uno de “platos del día” y uno de tortillas. Admiro el hecho de que en la multidud de ocasiones en las que he visitado Miremont, jamás he notado que se haya repetido ningún plato en estos apéndices, lo cual es admirable.
Paso a describirles nuestra comida del pasado sábado.
El individuo A, aficionado o tendente a pedir comandas capaces de asombrar al servicio (como pedir CocaCola en Yuatcha), hizo por una vez en su vida una gran elección al decantarse por la Ensalada Miremont, la más espectacular de las que se ofrecen en la carta “estable”. Esta´compuesta por lechugas y otras hojas, espárragos verdes, magret y foye gras de pato, tomate, judías verdes, piñones, y algún ingrediente que seguro que se me olvida. Las generosas cantidades, la exquisita vinagreta y la variedad de los ingredientes hacen de éste uno de los platos estrella del sitio. Pueden ver una foto a continuación:

El individuo B, hermano gemelo de A, prefirió la sorprendente sencillez de una tortilla y pidió una que, si no me equivoco, tenía setas, alcachofas, habas… y hasta aquí puedo leer. A los otros tres comensales nos pareció que la cantidad no era excesiva, teniendo en cuenta el carácter de “plato único” que buscábamos, pero B dijo que se quedó satisfecho. Ello indica que A, C y D (yo) gozamos de un apetito considerablemente más exigente que él. Foto de la tortilla:

Tanto C como D (C es un copión) elegimos uno de los platos del día, que era carne de buey con salsa de roquefort y gratinado dofinés (a saber cómo demonios se traduce “gratin dauphinoise”). La carne, más alla de que los gabachos no tienen ni idea de cortar las piezas, era de calidad superior. La salsa no ofrecía ninguna innovación, era más bien una de esas salsas roquefort que nos podemos encontrar en cualquier restaurante de clase media: buena calidad pero nada nuevo. El gratin dauphinoise, servido en un plato aparte, era lo que marcaba una clara diferencia con lo que nos podemos encontrar en cualquier restaurante a este lado de la frontera. Es bien sabido por todos mi persistente denuncia ante la escasa calidad o, en ocasiones, inexistencia de las guarniciones en este país, donde consideramos que unas patatas congeladas y fritas dos horas antes pueden ser un digno acompañamiento para cualquier plato principal. Craso error. Aun sólo el gratinado este sitio entraría en mi “top 5” de restaurantes accesibles (geográfica y económicamente). Foto del plato y la guarnición:

Supongo que no hay que fijarse mucho para percibir que elegí mi platos con la tripa (“with the gut”, que diria Stephen Colbert), más que con la cabeza. Pero en todo caso, fue una excelente elección.
A modo de conclusión, aunque desgraciadamente no cuento con fotografías de estos detalles, A tomó un cappuccino (que no era tal, pero estaba muy bueno), B pidió una copa de helado “Eugenie” (“magnífica”) y C un chocolate caliente típico del establecimiento aunque él hubiese preferido que fuese más espeso (como mandan los cánones chocolateros españoles). Yo me decanté, como lo he hecho en repetidas ocasiones, por la clásica combinación de “pastelito + té” que tanto gozo me ha dispensado en otros lugares. Elegi para la ocasión un pastelito Helene, construído a partir de una combinación de chocolates y pera, y un té verde al jazmín. Un clásico.
He de anotar la genialidad misma de la estancia. El comedor de la planta inferior (que es para no fumadores, hay un comedor para fumadores en la entreplanta superior) está recubierto por espejos e iluminado por una araña de cristal y varias lamparitas. Desgraciadamente tampoco dispongo de fotografías del salón, ya que me pareció poco educado fotografiar a los clientes que lo ocupaban. Publico, como sucedaneo, una fotografíá del individuo C en la que se puede notar el aroma nostálgico del lugar:

Cualquiera que visite este salón sabrá, a simple vista, que reúne gran parte de las cualidades necesarias para ser considerada por mi como “decadente”: los espejos de las paredes están roñosos, parte de las bombillas están fundidas y la decoración es muy belle époque. La gracia, sin embargo, está en que además de la apariencia decadente, supera con nota mi prueba del “rasca y pica” (les explicaré esta teoría otro día, que si no corro el riesgo de terminar sonando pesadamente bíblico).
Dicho de otra forma: Miremont no es sólo decadente en su continente, sino también en su contenido y contexto: el servicio es exquisito y atento, aunque no todos entienden español (¿será porque estamos en Francia?) ni mi macarrónico francés, y la cocina goza de una buenísima salud culinaria, como se ha podido observar y leer a lo largo de este post. Además, no olvidemos que se trata de Biarritz, ciudad decadente del atlántico francés por excelencia. Los clientes habituales de éste lugar han incluido a reyes y aristócratas curante los últimos 135 años y acoge en la actualidad a la burguesía francesa que veranea en el sudoeste. Y eso se nota. La ciudad exuda decadencia de una manera bastante más digna de lo que cualquier ciudad española de pasado equivalente (supongo que San Sebastián lo es) pueda hacer hoy en día. Desde ambos comedores se puede observar espectaculares vistas de Biarritz a través de gigantescos ventanales, como se puede apreciar (no sin dificultad) en la foto inferior:

En definitiva, una vez más: vayan y prueben (adjunto tarjeta a continuación, y vínculo a GoogleMaps en el apéndice de Links). Si encuentran algo parecido o mejor así de cerca, comuníquenmelo, que acudiré raudo y veloz.



Enlaces:
- Situación en GoogleMaps: aquí.
- Sitio web oficial de la villa de Biarritz, en http://www.biarritz.fr/
- Más fotografías, y con mayor calidad, en mi sitio Flickr.



Un comentario a “Decadencia a tiro de piedra”
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