“das ist medizin!”

Queridos amigos, he visto la luz. A raíz de una reciente escapada, de esas que acostumbro hacer, a la ciudad más polite que he pisado en mi búsqueda del ideal formal.
Que Gustavo el Grande, maestro entre maestros, creador del cielo y la tierra, apólogo de la muerte, profeta de la verdad estética eligió Viena como base de sus operaciones terrenales ya era garantía de éxito en la búsqueda. Pero la visita ha superado ampliamente las expectativas.
Tras asistir al homenaje a Thomas Kakuska (atención al plantel y programa) en la Konzerthaus de la ciudad el primer día, el segundo decidí intentar conseguir alguna entrada para ver Otello en la Staatsoper (por Daniele Gatti, etc.). En taquilla me comunicaron que estaba todo sold out (agotado), pero que podía intentar conseguir alguna entrada de las de última hora.
Y así lo hice. Media hora antes de la hora de puesta en venta de estas 200 (¡doscientas!) entradas para la sesión de aquella tarde me acerqué y me puse a la cola (obsérvese la fotografía). A ojo de buen cubero, debía ser como el 100 y pico de una multitud de jóvenes, mayores, mujeres hombres, gente en grupos, independientes, parejas, civiles (militares no vi ninguno, pero…) curas (alguno sí había), … Una policromía humana (creo que esta expresión todavía no la ha descubierto Zapatero, ¿no?) envidiable.
Las entradas en venta se cobraban entre 2 y 3’50 euros y tampoco es que fuesen las más cómodas que he ocupado en mi vida, pero si mi perímetro anatómico hubiese sido de un tamaño estándar, podía haber disfrutado de una cómoda localidad por un precio sorprendente.
La incógnita que me embarga es ¿qué hace que una variedad tal de ciudadanos se decidan a acudir a un evento cultural? Opciones:
Que la entrada cuesta unos precios irrisorios.
Que la producción, aunque no fantástica, era de una calidad media-alta a pesar de no ser parte de las extraordinarias de la temporada.
Regalaban algo, y yo no me enteré. Igual hay exenciones fiscales por ir a eventos culturales…
La trivial: En Viena hay tradición de apreciar la cultura como parte de la vida cotidiana y no como las Olimpiadas (cada cuatro años, y perdiendo dinero).
Yo me decanto por la última opción, aunque ello se deba probablemente a la política de “cultural mix” de combinar las dos primeras, e incluso algo de la tercera. Porque no hay duda de que aunque no deduzca acudir a la ópera, las facilidades que las empresas privadas obtienen por financiar este tipo de acontecidos no es casualidad dentro de toda esta euforia cultural permanente. Como dijo la camarera del restaurante donde comí ese día: DAS IST MEDIZIN!!!



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